
Carolina Guerrero no era de las que dejaban pasar las cosas. Cuando descubrió que su compañero de piso había tomado su cargador sin permiso y además negaba haberlo hecho, la discusión se encendió en segundos. Estaban en la cocina, voces altas, señalándose con el dedo. “Lo tomaste tú, déjate de rodeos”, insistía ella. Él seguía negando. La tensión creció hasta que Carolina, harta, lo empujó contra la nevera y lo besó con rabia. La pelea cambió de tono en el mismo instante en que sus bocas se encontraron.
Él correspondió de inmediato. Las manos de Carolina bajaron directo a su pantalón, liberaron su polla ya dura y la masturbaron con fuerza mientras seguían discutiendo entre besos. “Todavía estás mintiendo”, le decía contra la boca, aunque sus dedos no dejaban de subirle y bajarle por el miembro. Él le levantó la camiseta, le chupó los pezones y la giró, sentándola sobre la encimera. Carolina abrió las piernas y lo guió hacia su coño ya húmedo.
La penetró de un solo empujón. Los dos soltaron un gemido y la discusión quedó olvidada. Carolina lo agarró del cuello y lo obligó a follarla con fuerza, marcando el ritmo con las talones contra su espalda. Cada embestida hacía que la encimera temblara. Él la agarró de las caderas y empujó más profundo, mientras ella gemía y le recordaba entre dientes que todavía le debía el cargador. El sonido de piel contra piel llenó la cocina.
Se corrieron casi al mismo tiempo. Él se vino dentro de ella con un gruñido y Carolina lo siguió, apretándolo con fuerza. Exhaustos, se quedaron apoyados uno contra el otro, todavía jadeando. Carolina, con una media sonrisa, le dio una suave cachetada en el pecho. “La próxima vez pide el cargador como la gente”. Él solo pudo reírse, todavía dentro de ella. La discusión había terminado de la mejor manera posible.
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