
Adry Blaze hacía su ronda nocturna por el pasillo del hospital cuando entró en la habitación de Herman. El paciente llevaba días recuperándose y, según los últimos informes, ya estaba más que listo para el alta. Adry cerró la puerta tras de sí, revisó la tabla médica y después lo miró con una sonrisa ladeada. Notó la forma en que la sábana se levantaba entre sus piernas y levantó una ceja. “Parece que alguien está bastante recuperado”, murmuró. Sin esperar respuesta, dejó la tabla a un lado y se acercó a la cama con paso lento y deliberado.
Se quitó la bata de enfermera de un solo movimiento, quedando solo en el uniforme blanco ajustado que marcaba cada curva de su cuerpo voluptuoso. Adry subió a la cama de rodillas, se colocó a horcajadas sobre Herman y empezó a moverse sobre él sin quitarse todavía la ropa. Bailaba despacio, frotándose contra la evidente erección mientras lo miraba desde arriba. “Yo llevo el control esta noche”, le dijo con voz baja. Herman solo pudo asentir, completamente entregado a la iniciativa de la enfermera.
Adry le bajó el pantalón del pijama hospitalario, liberó su polla dura y la envolvió con ambas manos antes de guiarla hacia su entrada. Se impaló de un solo descenso profundo y soltó un gemido satisfecho al sentirlo llenarla. Empezó a cabalgarlo con entusiasmo, ritmo firme y caderas marcando cada embestida. Sus tetas rebotaban bajo el uniforme mientras ella se apoyaba en el pecho de Herman para ganar más profundidad. Cada movimiento dejaba claro quién mandaba en aquella habitación.
Cambió de posición sin perder el dominio. Se puso a cuatro patas sobre la estrecha cama y lo hizo penetrarla por detrás, mirándolo por encima del hombro mientras le ordenaba el ritmo exacto que quería. “Más fuerte. Así”. Herman obedecía, agarrándola de las caderas, pero era Adry quien decidía cuándo acelerar y cuándo detenerse. El sonido de piel contra piel llenaba la habitación, mezclado con los gemidos contenidos de ambos y el lejano ruido del hospital.
Se corrieron casi al mismo tiempo. Adry se sacudió primero, apretándolo con fuerza, y después lo dejó venirse dentro de ella con un gruñido largo. Se bajó de la cama con la misma compostura profesional de siempre, se ajustó el uniforme y recuperó la tabla médica. “Alta autorizada”, anunció con una media sonrisa. “Aunque creo que los dos quedamos bastante curados esta noche”. Herman, todavía jadeante, solo pudo mirarla mientras ella salía de la habitación, dejando atrás una visita que ninguno de los dos olvidaría.
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