
Nicole Zurich se metió por completo en la piel de Miss Wong. El traje rojo ajustado, la pistola al costado y la expresión imperturbable encajaban perfecto después de semanas sobreviviendo al apocalipsis zombie. El peligro inmediato había pasado. El laboratorio estaba despejado, los no-muertos más cercanos eliminados y el silencio se instaló por fin en el pasillo de concreto. Fue entonces cuando el superviviente que había luchado a su lado desde el principio se giró hacia ella y, con la voz todavía ronca por el combate, sugirió que tal vez entre los dos podía ocurrir algo más interesante que seguir disparando.
Nicole lo miró en silencio unos segundos. No se sorprendió. Había notado las miradas prolongadas, la forma en que él se interponía entre ella y el peligro, y la tensión que crecía cada vez que compartían un refugio improvisado. Contempló la propuesta con la serena confianza de quien ya había pensado exactamente lo mismo y solo esperaba que el otro diera el primer paso. Aun así, no cedió de inmediato. Cruzó los brazos, sonrió apenas y le dijo con calma: “Convénceme”.
Él aceptó el reto sin dudar. La empujó suavemente contra la pared del laboratorio, le quitó la pistola del cinturón y la besó con la urgencia de quien lleva demasiado tiempo conteniendo el deseo. Nicole correspondió, pero sin entregarse del todo. Lo dejó explorar su cuello, bajar la cremallera del traje rojo y tocarle los pechos, evaluando cada movimiento. Solo cuando él se arrodilló, le bajó la parte inferior del traje y empezó a lamerla con dedicación real, ella soltó el primer gemido genuino y le agarró el pelo.
La convenció. Nicole lo empujó hacia una mesa metálica cubierta de informes abandonados, se subió encima y se impaló sobre su polla dura de un solo movimiento. Empezó a cabalgarlo con ritmo firme y profundo, todavía con el traje a medio quitar y el maquillaje de batalla corrido por el sudor. Él la agarraba de las caderas y empujaba hacia arriba, pero era ella quien marcaba la intensidad. Cada embestida resonaba en el laboratorio vacío, mezclada con el eco lejano de algún zombie perdido en los niveles inferiores.
Se corrieron juntos sobre la mesa fría. Nicole se quedó un momento encima de él, recuperando el aliento, y después se bajó con la misma compostura con la que había enfrentado hordas enteras. Se ajustó el traje rojo, recogió la pistola y le lanzó una última mirada. “No estuvo mal”. Él, todavía jadeante, solo pudo sonreír. Afuera el apocalipsis seguía su curso, pero dentro de aquel laboratorio los dos acababan de conquistar algo mucho más placentero que la simple supervivencia.
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