
Salomé Gil esperaba en la sala de espera del hospital mientras un familiar terminaba su revisión de rutina. Vestía con elegancia discreta y cuidaba cada detalle de su apariencia, como siempre. El tiempo pasaba lento entre revistas viejas y el olor a desinfectante. Cuando el médico regresó al pasillo, Salome comentó casi de pasada que ella tampoco se había sentido del todo bien los últimos días. Él la miró con atención profesional, evaluó la situación y, con una cortesía calmada, se ofreció a examinarla en una consulta libre para no hacerla esperar más.
La llevó a un consultorio pequeño al final del pasillo. Cerró la puerta, le pidió que se recostara en la camilla y comenzó una exploración aparentemente rutinaria: presión, auscultación, preguntas sobre síntomas. Sus manos eran firmes y precisas. Salome notó que los toques se prolongaban un segundo más de lo estrictamente necesario, y lejos de incomodarse, sostuvo su mirada. La temperatura de la habitación cambió. El médico lo percibió también. Ninguno de los dos hizo ademán de detener lo que estaba ocurriendo.
Cuando él le pidió que se desabrochara un poco más la blusa para continuar el examen, Salome obedeció con calma. Sus pechos quedaron expuestos bajo la luz fría del consultorio. El médico pasó los dedos por su piel, primero con pretexto clínico y después sin ninguno. Ella arqueó la espalda y dejó escapar un suspiro. En cuestión de minutos la exploración se había transformado en caricias abiertas. Él se inclinó y le besó el cuello mientras sus manos bajaban por el vientre de Salome hasta el borde de su falda.
La penetró sobre la misma camilla. Salomé abrió las piernas y lo guió dentro de ella, soltando un gemido contenido al sentirlo llenarla. Empezaron a moverse con ritmo creciente, todavía conscientes del lugar pero ya incapaces de detenerse. Cada embestida hacía crujir ligeramente la camilla. Salome lo rodeó con las piernas y le pidió más profundidad al oído. El médico obedeció, agarrándola de las caderas mientras la follaba con una mezcla de urgencia y control que ella recibió con total entrega.
Se corrieron casi en silencio, apretados el uno contra el otro. Salomé se quedó unos segundos recuperando el aliento, todavía con él dentro, y después se incorporó con la misma compostura con la que había entrado. Se acomodó la ropa, le sonrió apenas y salió del consultorio como si nada hubiera pasado. En la sala de espera, su familiar ya estaba listo. Nadie notó que aquella tarde, para los dos, todo había encajado de la forma más intensa e inesperada posible.
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