Sin luz y sin excusas. Emily Thorne

Emily Thorne está sola en casa, no hay electricidad y acaba de regresar de una fiesta de la que no quería marcharse tan pronto; pero su esposo tenía otras prioridades y otra compañía. Esta relato comienza con esa mezcla particular de frustración y serena determinación, propia de una mujer que se ha cansado de justificar las decisiones de otro a costa de sí misma. El técnico llega para solucionar el problema eléctrico y resulta ser, precisamente, el tipo de compañía que ella necesitaba: atento, amable y totalmente volcado en ella. Él la escucha mientras ella le cuenta cómo ha sido la velada. No le ofrece consuelos vacíos. Y, cuando la conversación pasa de la empatía a algo más cálido, es Emily quien da el paso para una cogida de maravilla.

Emily Thorne cerró la puerta detrás de sí con más fuerza de la necesaria. La casa estaba a oscuras: se había ido la electricidad justo cuando regresaba de una fiesta de la que no quería marcharse todavía. Su esposo había insistido en irse temprano… y no precisamente para estar con ella. La frustración le pesaba en el pecho, mezclada con una determinación serena. Se había cansado de justificar las prioridades de otro a costa de las suyas. Encendió una vela, se quitó los tacones y esperó al técnico que había llamado.

Cuando el hombre llegó con su linterna y su caja de herramientas, Emily lo recibió en la penumbra. Era atento, amable y se concentró de inmediato en el problema. Mientras revisaba el cuadro eléctrico, ella empezó a hablar. Le contó la fiesta, la forma en que su esposo la había dejado de lado y la sensación de haber vuelto a casa antes de tiempo por decisiones ajenas. El técnico no ofreció consuelos vacíos. Solo escuchó, asintió y siguió trabajando con calma. Esa atención genuina fue exactamente lo que ella necesitaba.

La conversación se volvió más cercana mientras él terminaba de restaurar la corriente. Cuando las luces volvieron, Emily no hizo ademán de despedirlo. Se quedó mirándolo un segundo de más y dio el paso ella misma. Se acercó, le quitó la linterna de la mano y lo besó sin rodeos. Él respondió de inmediato. En la sala todavía a media luz, se quitaron la ropa entre caricias urgentes. Emily sentía que por fin alguien estaba completamente volcado en ella.

Lo guió hasta el sofá y se montó encima. Se impaló con un movimiento decidido y empezó a cabalgarlo con ritmo firme, disfrutando de cada embestida. Él la sujetaba de las caderas, pero era ella quien marcaba la profundidad y la velocidad. Los gemidos de Emily llenaban la casa que minutos antes había estado en silencio y a oscuras. Se movieron después al suelo, donde él la penetró con fuerza mientras ella lo rodeaba con las piernas y pedía más.

Se corrieron juntos, jadeando y aferrados el uno al otro. Emily se quedó un momento encima de él, recuperando el aliento, y después sonrió con la misma determinación serena del principio. El técnico, todavía sin aliento, la miró sin saber muy bien qué decir. Ella se levantó, se acomodó la ropa y le abrió la puerta. “Gracias por la luz… y por el resto”. Él salió con la caja de herramientas. Emily cerró detrás de él sabiendo que aquella noche, por fin, había priorizado exactamente lo que necesitaba.

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Emily Thorne se pone de rodillas llena de ansiedad por mamar esa verga grande.
Lo insaciable que es esta mujer, y el técnico que afortunado de haber conocido a Emily Thorne.
Siendo cogida intensamente Emily Thorne se olvida de todos sus problemas.

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