
Elizabeth Márquez entró al consultorio del médico de familia con el corazón encogido. Sabía que las noticias no serían buenas. El doctor, con voz profesional y serena, le confirmó lo que temía: el estado de salud de su marido se había complicado y los próximos meses serían difíciles. Elizabeth escuchó en silencio, asimiló cada palabra y dejó que la información se asentara. Cuando el médico terminó, ella no lloró ni hizo preguntas médicas. Solo lo miró fijamente y, con una calma que sorprendió a ambos, formuló otra clase de petición.
—Doctor… llevo demasiado tiempo sintiéndome sola en mi matrimonio. ¿Podría ofrecerme algo que realmente necesito ahora mismo?
El silencio que siguió fue denso. El médico sostuvo su mirada unos segundos y después asintió. Estaba más que dispuesto. Elizabeth sonrió apenas, se levantó de la silla y caminó hasta la puerta para echar el pestillo. Cuando se giró, ya había decidido tomar las riendas de lo que ocurriría a continuación.
Se acercó a él sin prisa, le quitó la bata blanca y lo empujó suavemente contra el borde de la camilla. Lo besó con decisión, dejando claro que no buscaba consuelo vacío sino contacto real. Sus manos bajaron hasta el cinturón del médico, lo desabrocharon y liberaron su polla ya dura. Elizabeth se arrodilló y se la metió en la boca, chupando con ritmo firme mientras lo miraba desde abajo. Él soltó un suspiro largo y le sujetó el cabello, dejándola marcar el tempo.
Cuando ella se levantó, se quitó la ropa interior bajo la falda y se sentó en la camilla, abriendo las piernas. El médico se colocó entre ellas y la penetró de un solo empujón profundo. Elizabeth lo rodeó con las piernas y empezó a moverse contra él, pidiendo más fuerza y más profundidad. La consulta se llenó del sonido de piel contra piel y de los gemidos contenidos de ambos. Ella controlaba el ritmo, cambiando el ángulo cada vez que quería sentir más, usando al médico exactamente como necesitaba después de tanto tiempo de carencia.
Se corrieron casi al mismo tiempo, jadeando y aferrados el uno al otro sobre la camilla. Elizabeth se quedó unos segundos recuperando el aliento y después se incorporó con la misma compostura con la que había llegado. Se acomodó la ropa, le dio un último beso breve al doctor y abrió la puerta. —Gracias por la atención— murmuró antes de salir. En el pasillo del consultorio nadie notó que aquella visita, nacida de una mala noticia, había terminado siendo exactamente lo que ella había decidido tomarse para sí.
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