
Lula Stocch llevaba semanas sin ganas de nada después de una ruptura difícil. Las noches se le hacían largas y el deseo parecía haberse apagado por completo. Esa tarde, sin embargo, encontró un paquete sobre su cama con una nota breve de su hermanastro: “Pensé que esto te quedaría bien. Solo un detalle”. Dentro había un conjunto de lencería negra, delicado y caro. Lula lo miró en silencio. No era el tipo de regalo que se hace por compromiso. Había algo más detrás de aquel gesto.
Se lo probó casi sin pensarlo. El encaje se ajustaba perfecto a su cuerpo y, al verse en el espejo, sintió por primera vez en mucho tiempo una chispa de curiosidad. Salió de la habitación para enseñárselo, todavía con la intención de agradecerle el detalle. Su hermanastro estaba en el sofá. Cuando la vio, la mirada se le cambió por completo. El silencio entre los dos se volvió denso. La atracción que ambos habían evitado nombrar durante años acababa de quedar expuesta bajo la luz de la sala.
Lula no retrocedió. Se acercó despacio, se sentó a su lado y, sin decir nada, tomó su mano y la guió hasta su cintura. Él respondió al instante. El beso fue urgente, cargado de todo lo que habían guardado. En cuestión de minutos estaban en la habitación de ella, quitándose la ropa con torpeza y ganas contenidas. La lencería terminó a un lado de la cama. Lula se dejó caer de espaldas y lo atrajo hacia sí, abriendo las piernas.
Él la penetró despacio al principio, como si todavía no pudiera creer lo que estaba ocurriendo. Lula lo rodeó con las piernas y lo empujó más profundo, pidiendo con el cuerpo lo que no necesitaba poner en palabras. El ritmo se volvió más intenso. Cada embestida borraba un poco más la tristeza de las semanas anteriores. Ella gemía sin cuidarse del volumen, aferrada a su espalda, mientras él la follaba con la urgencia de quien por fin deja de resistirse.
Se corrieron juntos, jadeando y todavía abrazados. Lula se quedó un momento en silencio, con la respiración agitada, y después soltó una risa baja y cansada. El regalo había sido solo la excusa. La atracción siempre había estado ahí, esperando el momento exacto en que ella decidiera dejar de estar triste. Esa noche, por fin, ambos dejaron de fingir que no la sentían.
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