
Llegué a la casa de mi empleado con una sonrisa profesional, pero mis ojos ya devoraban cada detalle. Él había preparado una cena impecable: velas encendidas, vino caro y platos que claramente había cocinado con esfuerzo para impresionarme y conseguir esa promoción que tanto ansiaba. Su esposa, Michelle Aldrete, era aún más encantadora de lo que imaginaba: una morena curvilínea con labios carnosos y una mirada inocente que contrastaba con el escote sutil de su vestido. Mientras charlábamos de trabajo, noté cómo él sudaba nervioso, dispuesto a todo por ese aumento. Yo fingía interés en sus logros, pero mi mente ya planeaba cómo cobrarme el “sacrificio marital” que sellaría su ascenso.
La oportunidad llegó cuando sugerí que necesitábamos más vino para brindar por su futuro. “Ve a la tienda de la esquina, no tardes”, le dije con tono autoritario. Él dudó un segundo, pero la ambición ganó: besó a Michelle en la mejilla y salió corriendo, dejándonos solos en la sala. Apenas cerró la puerta, me acerqué a ella con decisión. Michelle se sonrojó, pero no se resistió cuando mis manos recorrieron su cintura y la atraje contra mi cuerpo. “Tu marido quiere esa promoción… y yo quiero follarte ahora mismo”, le susurré al oído mientras mis dedos bajaban el cierre de su vestido, revelando sus tetas firmes y sus pezones endurecidos.
La tumbé sobre el sofá con urgencia, abriéndole las piernas mientras besaba su cuello y bajaba hasta su coño ya húmedo. Michelle gemía bajito, excitada por lo prohibido, arqueando la espalda cuando mi lengua la devoró con hambre. Luego la penetré profundo, follándola con embestidas fuertes y rítmicas que hacían rebotar sus pechos. Ella se mordía los labios para no gritar mi nombre, sus uñas clavándose en mi espalda mientras yo la llenaba por completo, disfrutando de cada contracción de su interior caliente y apretado. El riesgo de que él regresara solo aumentaba el placer.
Cuando escuchamos el coche en la entrada, terminé dentro de ella con un gruñido, llenándola de mi semen caliente mientras Michelle temblaba en un orgasmo silencioso. Me recompuse justo a tiempo. Él entró con las botellas, nervioso y esperanzado. Le palmeé el hombro con una sonrisa: “Has demostrado verdadera dedicación esta noche. La promoción es tuya”. Michelle, aún ruborizada y con las piernas temblorosas bajo la mesa, solo sonrió discretamente. Esa cena cordial se convirtió en el secreto más cachondo que aseguraría su lealtad para siempre.
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