
Gaby Veracruz aún vestía de negro riguroso cuando recibió en su lujosa sala a Roberto, el socio más cercano de su difunto esposo. Apenas unos días después del funeral, la viuda ardiente sentía un fuego insoportable entre las piernas. Sus necesidades como mujer no podían esperar más; quería una polla grande y dura que la llenara sin piedad. Roberto llegó con palabras de consuelo y una botella de vino, pero Gaby notó inmediatamente el bulto en sus pantalones al verla con ese vestido ajustado que marcaba sus curvas maduras. Apenas cerró la puerta, ella dejó caer la botella y lo empujó contra el sofá, besándolo con hambre voraz.
“Mi marido ya no está, pero yo sigo viva y necesito que me folles ahora”, le susurró al oído mientras le bajaba la cremallera y sacaba su gruesa verga, ya completamente erecta. Roberto, sorprendido pero excitado, no opuso resistencia. Gaby se arrodilló y se la metió entera en la boca, chupando con desesperación, lamiendo las bolas y tragando profundo hasta que las lágrimas le corrían por las mejillas. Sus tetas grandes se salían del escote del vestido mientras mamaba con ansia, preparando esa polla para lo que realmente quería. Roberto gemía, agarrándole el cabello y follando su garganta con fuerza.
Sin perder tiempo, Gaby se subió encima de él, apartando sus bragas y empalándose de un solo movimiento en esa verga enorme. Empezó a cabalgarlo con furia, sus caderas moviéndose como una posesa mientras sus tetas rebotaban salvajemente frente a la cara de Roberto. “Más duro… quiero que me rompas el coño”, suplicaba entre gemidos, sintiendo cómo la llenaba por completo. Él la agarraba de las nalgas, embistiéndola desde abajo, golpeando fondo con cada thrust mientras el sonido de carne mojada resonaba en la sala.
Gaby se corrió primero con violencia, apretando la polla dentro de su coño chorreante y gritando de placer. Roberto no aguantó más y la llenó de semen caliente, chorros espesos que se escapaban alrededor de su verga mientras ella seguía moviéndose para exprimir hasta la última gota. Exhaustos y sudorosos, se quedaron abrazados en el sofá. “Esto solo es el principio, Roberto. Vendrás más seguido a darme condolencias”, dijo Gaby con una sonrisa satisfecha, sabiendo que su viudez acababa de volverse mucho más placentera.
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